miércoles, 20 de mayo de 2009

Parte 3. El pergamino,

Los mozos de la gran biblioteca iban de aquí para allá encendiendo fuego en las antorchas. Por las esquinas de los pasillos se encendían también unas vasijas de hierro rellenas de telas de lienzo imbuidas en aceite, que al arder iluminaban alrededor con claridad meridiana. El anciano se había quedado en silencio, leyendo fragmentos breves de uno y otro palimpsesto, pasando documentos sin ponerles gran atención. Conforme avanzaba el tiempo era más obvio que fruncía el ceño para aguzar la vista cansada por los años.

-¡Ah, Al fin! Aquí está, muchacho: El documento heráldico por el que Jaime de Aragón concede el baronazgo a Guillermo de Bellera.

En la mano cansada y de piel muy blanca, el anciano sostenía triunfante el pliego de piel de cordero, grabado con la casa de armas del rey y en el que en efecto, se narraban los servicios de Guillermo de Bellera al señor de Aragón.

-¿Es todo?

-Absolutamente. Como te dije esta mañana, no hay más linaje noble en los de Bellera que el que les ha concedido el Rey Jaime. Los ancestros más lejanos que se pueden rastrear son galos, mercaderes en su mayoría.

-Explíqueme de nuevo entonces sobre los matrimonios arreglados.

El anciano se acomodó las túnicas e hizo una seña al mozo que encendía la última antorcha cerca de las ventanas orientales. Poco después, llegó hasta nuestra mesa un servicio de té.

-Lo que le explicaba, joven teniente de la guardia, es que por lo general, los barones de casa noble no eligen en matrimonio a las doncellas cuya ascendencia no sea de casa real hasta por lo menos tres generaciones.

-¿Y entonces?

-Entonces nada. La doncella que usted quiere mantener anónima no casará pronto. Al menos no con alguien de estas tierras. Y para casar con alguien de tierras lejanas, aquél tendría qué tener noticias de ella por canciones de bardos o juglares. ¿Hay alguna?

-No, no que yo sepa. Aunque su belleza valga todas las canciones.

El anciano sonrió. Me asombró un poco que su dentadura estuviera completa y en magnífico estado a pesar de que obviamente no tenía menos de setenta años.

-¿Cuántos años cuenta usted, Manú?

-Cumpliré veinticuatro la próxima primavera.

-Ya veo. Tome un poco de té.

Con una habilidad que decía mucho de sus hábitos, el anciano llenó dos tazones con la infusión de hierbas. El liquido, al caer en las tazas, soltaba un vapor ligero de un aroma agradabilísimo. Con los tazones repletos, el anciano procedió a verter un chorrito de miel de abeja en cada uno y luego un par de gotas de leche. Luego revolvió ambos con la cuchara.

-Pruébelo, teniente, es una mezcla de tierras lejanas. La han traído aquí los navegantes persas desde hace cuatro siglos, pero no proviene de Persia, sino de China, ellos la cambian por telas y por los lujosos tapetes cuya fama trasciende las fronteras de su país.

Sorbí pequeños tragos del té, que efectivamente era exquisito. La primera impresión era de una dulzura casi neutra que iba profundizándose con los toques de miel y hacia el final era fresca como albahaca y eucaliptos.

-Sublime, ¿no lo cree?

Asentí. Mi mente seguía intentando encontrar equivalentes o similitudes entre el sabor en mi boca y otros sabores conocidos, pero fallaba.

El anciano, mientras tanto, llamaba de nuevo al mozo. Cuando éste llegó, cargando una larga vara encendida, acercó el fuego hacia una pequeña pipa de madera que el sabio acunaba entre las manos. Al poco, espirales de un humo grueso aparecieron en su boca y nariz.

-Disculpará que no le ofrezca probar también esta hierba, Sire, pero mucho me temo que su consumo no es para un joven fuerte y ágil como usted. El efecto sedativo le nublaría la mente y confundiría la razón. Sólo a un anciano como yo le es dado fumarla, pues resulta muy útil para paliar los dolores de huesos y heridas viejas.

Hice una venia sutil con la cabeza, buscando de cualquier modo aspirar un poco de aquel humo para distinguir el olor del tabaco e identificar su procedencia –esta era una de mis grandes aficiones y a donde quiera que iba con la armada, conseguía un poco de tabaco local y lo memorizaba de inmediato en sabores y aromas- pero el del maestro no se parecía a ninguno conocido por mí.

-¿Por qué eligió el camino de las armas, teniente?

La pregunta, pronunciada por el anciano sin sacar la pipa de su boca, me tomó por sorpresa. No me miraba al preguntar, entretenido en las chispas que una antorcha dejaba caer al suelo de dura roca, pero sí me miró al terminar la pregunta, con aquellos grandes ojos azules como medusas.

-Porque soy joven y fuerte, supongo- aventuré, en voz muy baja- Porque no soy sabio, ni dotado de abolengo o fortuna.

-¿Y para qué necesita un joven fuerte de abolengo o fortuna?

-No las ansío para mí, mi señor, los dioses saben que no codicio riquezas. Conozco la felicidad y el decoro de la pobreza. Pero no me es dado dictar las normas de la corte.

El anciano exhaló una bocanada de humo. Luego señaló a los tazones todavía llenos del té. Ambos bebimos.

-En China le llaman Ginseng- dijo- Los sabios de oriente dicen que prolonga considerablemente la vida, despeja la mente y- sonrió con un dejo de gracia- aumenta la virilidad.

-Vaya hierba prodigiosa- respondí.

-Una maravilla. Pero no deje que lo interrumpa, siga.

-Bueno, no es menester que lo complique. El asunto es que la doncella que deseo desposar sólo puede ser dada a alguien de casa noble o, en su defecto, a un alto mando de los ejércitos del rey.

-Disculpe el atrevimiento, teniente, pero usted no me parece un hombre de armas.

-Y no lo soy. No soy sino el hijo de un humilde artesano. El nieto de un pastor. Pero no soy cobarde, ni torpe con la espada y la ballesta. Sé que no necesito decirlo, pues esta pluma lo demuestra.

En mi pecho, cerca de la hombrera derecha, yacía la gruesa pluma azul de pavorreal que señalaba a los mandos medios del batallón del rey.

-También yo fui un hombre de armas- dijo el anciano- Luché contra los bárbaros germanos en Extremadura y me batí contra los Cartagineses en las puertas de Bilbao. ¿Quiere ver mi trofeo más duradero?

Lentamente, con el ritmo dubitativo de su edad, el erudito recogió la túnica color magenta hasta la altura de sus rodillas. La pierna derecha era normal, delgada y pálida como las de cualquier anciano. Pero la pierna izquierda terminaba en un muñón arrugado un jeme por debajo de la rodilla, en cuya piel se apreciaban una docena de ulceraciones y llagas reventadas.

Dejó caer la túnica hasta que ésta tocó de nuevo el suelo. Luego me miró largamente antes de inhalar otra vez de la pipa e indicarme que diera otro sorbo al té. “Se enfría”, dijo, “Y sabe mal”.

Salí de la biblioteca cuando las campanas del templo tocaban la última hora de la tarde. Caminé muy despacio hasta la posta con la mano rozando el mango de la espada y un silencio largo y oscuro en el corazón. Las palabras que me había dicho el anciano cuando terminamos el té seguían sonando en mis oídos. Mi vida estaba a punto de empezar.