lunes, 15 de junio de 2009

Parte 4: El caballo.

Cuando era apenas un potrillo de tres meses, Mástil llegó a las cuadras del ejército. Era el primogénito de la Algazara, una yegua brava, negra como carbón, que había acompañado al capitán Norzagaray en docenas de batallas. El capitán le decía Mástil porque trotaba siempre muy erguido, con el mismo porte orgulloso que le celebraban a la madre, y porque a cualquier señal de alerta se crispaba y ponía el cuello tan vertical que parecía el poste principal de una nave guerrera.

Yo tenía dieciséis años y era escudero. A un año de haber sido aceptado en la armada, Norzagaray me había tomado en tutela -le había caído simpático por testarudo, decía- y en las tardes tranquilas me enseñaba a blandir la espada y el puñal. La tarde en que regresó de Hornos, con Mástil al lado de la Algazara, me encargó sus cuidados.

Debía bañarlo una vez por semana y darle forraje dos veces al día. Los martes y sábados debía darle avena para mantenerle ligero el estómago y debía tallarle las pezuñas con una piedra hueca, para que se le hicieran rudas y no lo lastimaran los caminos. Cuando cumplió un año lo herraron y marcaron con el escudo de armas de la ciudad. Aquella cicatriz en la grupa derecha lo anunciaría para siempre como un corcel del ejército real y ese hecho simple le dio desde entonces una seriedad adusta que él mismo pareció entender, pues nunca más lo vimos juguetear con la Algazara o alardear su cada vez más impresionante altura a las potrancas jóvenes que los infantes solían montar.

Al año siguiente me ascendieron a la infantería y fui asignado al pelotón del capitán Hierros. Como Norzagaray era generalmente destacado a Hornos o a Betania, cada vez podía verlo menos. El día de mi destacamento, cuando recogía mis arreos, se despidió de mí:

-¿Sabéis algo, Manú? Lo único que me pesa es que ahora que no sois más mi escudero, seguís siendo pesado como un tronco con el puñal. Es terrorífico. Uno diría que sois un chimpancé asustando a sus crías.

Sólo lo vi un par de veces en todo el resto del año, una en la coronación de la Princesa Alina entre los tumultos del desfile y del brazo de una cortesana muy hermosa, a quien supuse su mujer; la otra el día que Don Jaime lo ascendió a General brigadier con mando sobre el regimiento de Torrentera. La Algazara y Mástil, junto a sus dos hermosos perros de guerra se fueron con él. Era muy bello contemplar la estampa: el guerrero maduro, curtido de cicatrices y de la resolana de los años, con las botas en los estribos, la rienda en el puño, la mano en la crin, alejándose hacia un crepúsculo rojo. Los dos caballos, una en la plenitud de su edad, sabia, que no parecía dar nunca un paso de más; el otro joven, impetuoso, altivo, con más músculos que una estatua ecuestre y al lado de ambos, los dos soberbios gran danés, con sus cabezas cuadradas, olisqueando el camino.

Una mañana del siguiente año, pocos días después del equinoccio, el capitán Hierros me notificó que me haría ascender a la caballería. Si las cosas marchaban, uno de los lanceros sería hecho teniente por logros en batalla y el hueco que dejaría estaba reservado para mí.

-Seréis, sin embargo, el más joven de la guardia, Fontemayor, le advierto que su responsabilidad pesará como un saco de piedras.

Por supuesto, sonreí al agradecerle el honor.

-Sí, ya me había dicho Pedro -Hierros era el único que podía decirle Pedro al ahora General Norzagaray- que sois más testarudo que un asno de hostería. Aliste las armas, por la mañana se muda al galerón de la caballería. No se despida de nadie, no quiero envidias en mi cuartel.

Reí sólo de imaginarme despidiéndome de alguno de los soldados que compartían la galera. Con la mitad jamás crucé una palabra y los de la otra mitad me encontraban tan simpático como un puñado de piojos en el pubis.

A la mañana siguiente, cuando salí al aire frío de noviembre, me sorprendió encontrar un par de rostros conocidos. Hierros conversaba animadamente con Norzagaray. Seguro que el general era un hombre graciosísimo, pues Hierros reía con carcajadas estrepitosas, haciendo que la enorme cicatriz que le recorría la mejilla casi por completo pareciera una prolongación de su risa.

-¡Pero mire, General: aquí viene el interfecto!- Frente a mí y en su presencia, Hierros debía llamar a Norzagaray por su rango y no por el nombre de compinche de guerras y parrandas que seguramente había sido.

-General- saludé, poniendo la mano en el corazón, según la costumbre -Capitán. Buen día.

-Buen día, caballero- respondieron al unísono y a mí me pareció extraño ser llamado por vez primera caballero en lugar de soldado. Norzagaray siguió:

-Comentaba con el Capitán Hierros que seréis sin duda un caballero gracioso al enemigo, Fontemayor- Hierros reanudó la carcajada. De cerca era cómico ver cómo se le enrojecía la piel al tratar de no reír estruendosamente.

-¿Su perdón, General?

-Sí, hombre, Manú, ¿Cuándo se ha visto a un caballero corriendo al lado de su caballo? ¿Acaso lo ha visto usted, Capitán?- Hierros ya era todo risas, la piel de sus mejillas y la que circundaba su mentón hacían bultos informes, los ojos parecían salirse de sus órbitas.

Cuando pudo controlarse lo bastante para articular, Hierros aclaró:

-Fontemayor, le hubiese agradecido que ayer, al notificarle que era usted el nuevo caballero del regimiento, me hiciese la aclaración de que no sabe montar.

Ahora fui yo quien se ruborizó.

-Mis disculpas, capitán, no pensé que fuera un inconveniente grave.

-No lo es, desde luego -interrumpió Norzagaray- siempre y cuando corra usted tan rápido como un corcel y salte muy alto.

Los dos hombres se unieron en una larga, larguísima burla hacia mí. El sol ya rayaba pleno sobre las trincheras de entrenamiento y la actividad del cuartel se intensificaba conforme los soldados rasos iniciaban ejercicios, preparaban las bridas, los cocineros hervían aceite en los cazos.

-¿Quiere decir- pregunté tímidamente- Que no seré ascendido?

-Quiero decir- respondió Hierros- Que tiene usted dos semanas para aprender a montar. Si me permiten, General, Caballero, debo asistir al pase de lista de la infantería.

Mientras Hierros se alejaba, Norzagaray empezó a caminar hacia las cuadras. lo seguí.

-Son tiempos duros, Manú.
-¿Lo son, General?
-Ah, muchacho, vosotros no los veis porque tan sólo sois llamados para combatir. Pero la guerra no es un hecho simple, ni algo natural. La guerra es una decisión.
-Le irrita la inactividad, señor.
-Me vuelve loco, joven amigo. Siento cómo mis músculos van perdiendo su fuerza y el Rey me pide que sea un holgazán y me limite a dibujar batallas en mapas de pergamino.

Guardé silencio, esperando sus palabras, pero él también calló. Habíamos llegado a las cuadras.

-En fin, soldado, no quería verlo para hablar de las molestias de la vejez, sino para estrecharle la mano y desearle que tenga un feliz desempeño como caballero. Ahí está el modesto presente que este maestro trae para un buen alumno.

En el gran corral, corriendo sujeto a la rienda del capataz, vislumbré a Mástil. Estaba por cumplir tres años y era más alto y todavía más musculoso que la última vez.

-¿Es otra broma, señor?
-Ninguna broma, Fontemayor, yo ya estoy viejo y este caballo suplica ser montado por alguien joven como él, conocer la sarna de la guerra, sentir el viento en las crines. Lo ha esperado por más de un año.
-Pero General, es un corcel muy valioso.
-Ningún corcel, los corceles son para princesas y damiselas, Mástil es un caballo de guerra como su madre fue una yegua de las mejores. Y como tal ha de vivir. Es una orden directa, caballero.

Me había ofrecido su mano estirada y yo en ningún momento hubiera podido rechazar aquella mano que me había dado tantos bofetones cada vez que soltaba la espada, me hería con el puñal o daba la espalda en combate. La estreché y pude ver que en los ojos de Norzagaray, detrás de una honda calma, había un rastro de orgullo.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Parte 3. El pergamino,

Los mozos de la gran biblioteca iban de aquí para allá encendiendo fuego en las antorchas. Por las esquinas de los pasillos se encendían también unas vasijas de hierro rellenas de telas de lienzo imbuidas en aceite, que al arder iluminaban alrededor con claridad meridiana. El anciano se había quedado en silencio, leyendo fragmentos breves de uno y otro palimpsesto, pasando documentos sin ponerles gran atención. Conforme avanzaba el tiempo era más obvio que fruncía el ceño para aguzar la vista cansada por los años.

-¡Ah, Al fin! Aquí está, muchacho: El documento heráldico por el que Jaime de Aragón concede el baronazgo a Guillermo de Bellera.

En la mano cansada y de piel muy blanca, el anciano sostenía triunfante el pliego de piel de cordero, grabado con la casa de armas del rey y en el que en efecto, se narraban los servicios de Guillermo de Bellera al señor de Aragón.

-¿Es todo?

-Absolutamente. Como te dije esta mañana, no hay más linaje noble en los de Bellera que el que les ha concedido el Rey Jaime. Los ancestros más lejanos que se pueden rastrear son galos, mercaderes en su mayoría.

-Explíqueme de nuevo entonces sobre los matrimonios arreglados.

El anciano se acomodó las túnicas e hizo una seña al mozo que encendía la última antorcha cerca de las ventanas orientales. Poco después, llegó hasta nuestra mesa un servicio de té.

-Lo que le explicaba, joven teniente de la guardia, es que por lo general, los barones de casa noble no eligen en matrimonio a las doncellas cuya ascendencia no sea de casa real hasta por lo menos tres generaciones.

-¿Y entonces?

-Entonces nada. La doncella que usted quiere mantener anónima no casará pronto. Al menos no con alguien de estas tierras. Y para casar con alguien de tierras lejanas, aquél tendría qué tener noticias de ella por canciones de bardos o juglares. ¿Hay alguna?

-No, no que yo sepa. Aunque su belleza valga todas las canciones.

El anciano sonrió. Me asombró un poco que su dentadura estuviera completa y en magnífico estado a pesar de que obviamente no tenía menos de setenta años.

-¿Cuántos años cuenta usted, Manú?

-Cumpliré veinticuatro la próxima primavera.

-Ya veo. Tome un poco de té.

Con una habilidad que decía mucho de sus hábitos, el anciano llenó dos tazones con la infusión de hierbas. El liquido, al caer en las tazas, soltaba un vapor ligero de un aroma agradabilísimo. Con los tazones repletos, el anciano procedió a verter un chorrito de miel de abeja en cada uno y luego un par de gotas de leche. Luego revolvió ambos con la cuchara.

-Pruébelo, teniente, es una mezcla de tierras lejanas. La han traído aquí los navegantes persas desde hace cuatro siglos, pero no proviene de Persia, sino de China, ellos la cambian por telas y por los lujosos tapetes cuya fama trasciende las fronteras de su país.

Sorbí pequeños tragos del té, que efectivamente era exquisito. La primera impresión era de una dulzura casi neutra que iba profundizándose con los toques de miel y hacia el final era fresca como albahaca y eucaliptos.

-Sublime, ¿no lo cree?

Asentí. Mi mente seguía intentando encontrar equivalentes o similitudes entre el sabor en mi boca y otros sabores conocidos, pero fallaba.

El anciano, mientras tanto, llamaba de nuevo al mozo. Cuando éste llegó, cargando una larga vara encendida, acercó el fuego hacia una pequeña pipa de madera que el sabio acunaba entre las manos. Al poco, espirales de un humo grueso aparecieron en su boca y nariz.

-Disculpará que no le ofrezca probar también esta hierba, Sire, pero mucho me temo que su consumo no es para un joven fuerte y ágil como usted. El efecto sedativo le nublaría la mente y confundiría la razón. Sólo a un anciano como yo le es dado fumarla, pues resulta muy útil para paliar los dolores de huesos y heridas viejas.

Hice una venia sutil con la cabeza, buscando de cualquier modo aspirar un poco de aquel humo para distinguir el olor del tabaco e identificar su procedencia –esta era una de mis grandes aficiones y a donde quiera que iba con la armada, conseguía un poco de tabaco local y lo memorizaba de inmediato en sabores y aromas- pero el del maestro no se parecía a ninguno conocido por mí.

-¿Por qué eligió el camino de las armas, teniente?

La pregunta, pronunciada por el anciano sin sacar la pipa de su boca, me tomó por sorpresa. No me miraba al preguntar, entretenido en las chispas que una antorcha dejaba caer al suelo de dura roca, pero sí me miró al terminar la pregunta, con aquellos grandes ojos azules como medusas.

-Porque soy joven y fuerte, supongo- aventuré, en voz muy baja- Porque no soy sabio, ni dotado de abolengo o fortuna.

-¿Y para qué necesita un joven fuerte de abolengo o fortuna?

-No las ansío para mí, mi señor, los dioses saben que no codicio riquezas. Conozco la felicidad y el decoro de la pobreza. Pero no me es dado dictar las normas de la corte.

El anciano exhaló una bocanada de humo. Luego señaló a los tazones todavía llenos del té. Ambos bebimos.

-En China le llaman Ginseng- dijo- Los sabios de oriente dicen que prolonga considerablemente la vida, despeja la mente y- sonrió con un dejo de gracia- aumenta la virilidad.

-Vaya hierba prodigiosa- respondí.

-Una maravilla. Pero no deje que lo interrumpa, siga.

-Bueno, no es menester que lo complique. El asunto es que la doncella que deseo desposar sólo puede ser dada a alguien de casa noble o, en su defecto, a un alto mando de los ejércitos del rey.

-Disculpe el atrevimiento, teniente, pero usted no me parece un hombre de armas.

-Y no lo soy. No soy sino el hijo de un humilde artesano. El nieto de un pastor. Pero no soy cobarde, ni torpe con la espada y la ballesta. Sé que no necesito decirlo, pues esta pluma lo demuestra.

En mi pecho, cerca de la hombrera derecha, yacía la gruesa pluma azul de pavorreal que señalaba a los mandos medios del batallón del rey.

-También yo fui un hombre de armas- dijo el anciano- Luché contra los bárbaros germanos en Extremadura y me batí contra los Cartagineses en las puertas de Bilbao. ¿Quiere ver mi trofeo más duradero?

Lentamente, con el ritmo dubitativo de su edad, el erudito recogió la túnica color magenta hasta la altura de sus rodillas. La pierna derecha era normal, delgada y pálida como las de cualquier anciano. Pero la pierna izquierda terminaba en un muñón arrugado un jeme por debajo de la rodilla, en cuya piel se apreciaban una docena de ulceraciones y llagas reventadas.

Dejó caer la túnica hasta que ésta tocó de nuevo el suelo. Luego me miró largamente antes de inhalar otra vez de la pipa e indicarme que diera otro sorbo al té. “Se enfría”, dijo, “Y sabe mal”.

Salí de la biblioteca cuando las campanas del templo tocaban la última hora de la tarde. Caminé muy despacio hasta la posta con la mano rozando el mango de la espada y un silencio largo y oscuro en el corazón. Las palabras que me había dicho el anciano cuando terminamos el té seguían sonando en mis oídos. Mi vida estaba a punto de empezar.

jueves, 19 de marzo de 2009

Parte 2. El sabio.

Guillermo de Bellera había servido valientemente a Jaime de Aragón cuando la conquista de Valencia y había perdido un ojo luchando en Puig contra los moros. En premio a su vasallaje, don Jaime le había premiado con un baronazgo y un feudo de cuarenta campos de anchura y sesenta de largo al que Guillermo se había retirado con su esposa Inés y sus tres hijos: Pau, Inés y Santiago. Ya siendo hacendados habían traído al mundo a dos más: Ruy y Leonor.

Eso decían los pergaminos de la casa de los libros. Eso había leído casi sin respirar el erudito al que le ofrecí un florín por contarme sobre la herencia noble de los Bellera.

Salí a las callejuelas apelmazadas del reino. La noche anterior había llovido mucho. Había sido noche de lobos y búhos en la campiña. Un destacamento de veinte soldados entre los que me contaba, habíamos atravesado doce leguas diarias de bosque tupido, escamoteando el ataque de las fieras y cazando ballesteros por órdenes del rey.

Desde hacía dos meses no pisaba tierras civilizadas y al final de cada jornada, mientras me lavaba la sangre que los hierros de la armadura me exprimían en la piel, pensaba siempre en la distancia que seguía separándome de Ana.

Pau y Santiago habían perecido en la gran peste del año negro, e Inés había casado a los catorce años con Dominic Pellier, un mercader galés que hacía tratos con Guillermo desde la infancia de Inés. Éste la había dotado con un campo de labranza y cien escudos de oro, pero Dominic prefirió seguir viviendo en su palacete de Gwent. En la vejez de Guillermo, Ruy había asumido las riendas de la hacienda y con el consejo de su padre y su natural habilidad para los negocios, la había mantenido próspera durante tres lustros. Entonces el rey lo llamó a la guerra.

Ruy, que nunca tuvo entrenamiento militar, llevó al rey a veinte esclavos moros bien armados y dotó al ejército con diez buenos caballos. En agradecimiento, Jaime le permitió enfrentar las escaramuzas en la retaguardia, bien pertrechado y usando la ballesta en lugar de la espada. Así peleó en Murcia y en Arán, saliendo bien librado. Al final el rey venció en todas las batallas y le permitió a Ruy retirarse a su hogar y a su familia. Desde ese día se dedicó a ser maestro artesano y tuvo dos hijos: Guillem y Ana de Bellera.

Era toda la información que aportaban los pliegos enrollados con cordeles y sellados con lacre. Era todo lo que decían aquellas letras apretujadas en un lenguaje antiguo que sólo frailes y eruditos eran capaces de leer. Alargué la mano abierta hacia el sabio, con el florín brillando sobre la palma.

Llegué hasta la posta real. Los veinte caballos seguían siendo pertrechados, alimentados y aseados por la servidumbre de los establos. Saludé al moro que cuidaba de ellos y me contestó con una sonrisa de dientes negros.

-¿En cuánto tiempo estarán listos?- pregunté.

-Por lo menos medio día, merced de Dios- respondió el capataz.

Gruñí por lo bajo. Sabía que el capataz creía hacernos un favor retrasando sus rutinas. En realidad a mis compañeros les complacería tener tiempo de reposar las piernas y el espíritu en la taberna, podía suponerlo, pero a mí cada hora que pasaba caminando en la villa era una hora perdida en mi camino hacia la alfombra del rey.

El herrero chasqueó la lengua mientras giraba con lentitud mi espada, contemplando la hoja.

-Manú, con mil cojones, es la quinta vez que traéis la espada roma, ¿pero qué coño es lo que hacéis con ella? ¿Machacar piedras?

-Ve tranquilo, Beristaín, que habláis con un teniente de la guardia.

-Anda a cagar, teniente de la guardia, que no se os olvide quién os enseñó a levantar esta belleza cuando apenas sabíais teneros en pie.

Reí. Beristaín seguía mirando los bordes de la hoja de acero. En algunos puntos aquí y allá se apreciaba a simple vista el daño que había sufrido al golpear yelmos y cotas de malla.

-Puedo repararla- dijo al fin. –Como siempre que hacéis vuestras majaderías.

-Partimos al atardecer- advertí. Beristaín ya giraba la palanqueta con la que daba impulso al esmeril. No supe si escuchó.

Me marché de la herrería de vuelta a la casa de los libros. No sabía por qué razón me daba tranquilidad entrar en aquel vasto salón que olía a cera y a aceite quemándose y debajo a la piel curada que forraba los grandes tomos que estudiaban los frailes y los consejeros del rey.

Al fondo de la estancia volví a ver al sabio. Distinguí su figura triste y escuálida tras los hábitos negros de dos mercaderes que hacían anotaciones en un libro de gobierno. Leía un gran pergamino con los espejuelos montados sobre la huesuda nariz y no levantó la vista hasta que carraspeé la garganta para hacerme notar.

-Ah, teniente. Sois vos. Creí que…

-Sí, creyó bien, me había retirado. Pero no puedo irme de la ciudad todavía. Los siervos del establo siguen poniendo a punto las monturas.

-Entiendo. ¿Hay algo más que le interese saber?

-Me gustaría saber más sobre el linaje del que hablábamos hace un rato.

-¿Tenéis raíces en la antigua Francia, teniente? ¿O tal vez en Cerdeña o Rosellón?

-No. De ningún tipo. Mi linaje es crudo y está en estas tierras desde hace siglos.

-Entonces disculpad, pero no comprendo el interés.

-No se ofenda, maestro, pero entonces no sois tan sabio.

La carcajada del anciano resonó por toda la casa de los libros y una docena de estudiosos volteó a ver con reproche al autor del exabrupto. Pero nadie se atrevió a reprocharle al sabio. Su piel se había enrojecido por el esfuerzo.

-Acompáñeme, por favor- dijo mientras trataba de incorporarse. El esfuerzo era demasiado y tuve qué auxiliarlo. Me desconcertó que su cuerpo pareciera no tener peso.

Se tomó de mi antebrazo y comenzamos a caminar por una larga nave central. Se detuvo algunos pasos después y tomó un gran libro empastado en cuero verde. Lo hojeó sin curiosidad y luego siguió adelante. Varios pasos después volvió a detenerse y tomó uno más, éste empastado en piel de un tono carmesí, bastante más pesado que el primero. Satisfecho, el sabio sonrió. Luego me tiró levemente del brazo para indicarme que volviéramos al mullido sillón donde estudiaba.

-Mirad, joven teniente- dijo el sabio ofreciéndome el primero de los libros –Esta obra prodigiosa se llama La comedia. Su autor, un florentino que la historia recordará por siempre, ya empieza a ser llamado “el poeta supremo”.

-Debe ser una obra maravillosa.

-Lo es. Sin duda. Una obra exhaustiva, de una perfección sin máculas. El trabajo de toda una vida. ¿Sabéis por qué se escribió esta obra?

-Por supuesto no lo sé, no soy un sabio, apenas un guerrero.

-No es complicado, muchacho. Una obra tan monumental, un esfuerzo tan disciplinado, con una constancia tan a prueba de fuego, sólo pudo escribirse por un motivo: Por el amor de una mujer.

Sonreí.

-¿Sonreís, teniente? Claro. Hay cosas para las que no hace falta ser Sabio. Basta con ser viejo.

jueves, 5 de marzo de 2009

Parte 1. El guerrero.

Al sujetar la argolla de hierro del guante al gancho que colgaba de la crin del caballo, empezaba a amanecer. Fui consciente de que estaba a punto de caer dormido y fue por eso que decidí mejor atarme al lomo del caballo, que al igual que yo, caminaba extenuado, todavía aturdido por el olor de sangre seca y de aceite quemándose y por los gritos y aullidos de la batalla. Según mis cuentas había herido de muerte al menos a doce moros y había dado el último golpe a media docena más. No eran números despreciables para un espadachín de la segunda guardia como yo.

Desperté tal vez dos horas más tarde, todavía mecido por el suave bamboleo de las ancas del corcel, que se había separado un poco del resto –era un caballo muy fuerte, de los mejores de la armada- y se acercaba a la orilla de un pequeño estanco a beber. Debían de rondar las siete de la mañana, porque aunque el día era de una claridad radiante, el sol aún no quemaba, y el agua con la que mojé mi rostro estaba fría y era como mil caricias que se llevaban al partir el sudor y la sangre y la grasa de caídos y victoriosos. Llené el odre de agua fresca y dejé que mi montura bebiera a su gusto. A poca distancia de la cuenca había un pastizal donde fue a pacer luego de haber saciado la sed. Un rato después seguimos la cabalgata hacia el reino.

Era el tercer día de viaje a través de un terreno hostil y desértico, cuyos monótonos paisajes consistían en nada más que dunas de arena áspera y matojos secos esparcidos aquí y allá. Fuera de un pequeño rebaño de cabras que habíamos encontrado el primer día y del cuál habíamos sacrificado una ya vieja para comer en la travesía, ninguna señal de vida se nos había atravesado. Yo agradecía el silencio sólo roto por los golpes de los cascos y las herraduras de los caballos y por algún quejido ocasional de los que marchábamos heridos. La mayoría de los hombres no hablaba. No es fácil hacer un tema de conversación después de presenciar tanta muerte y de haberse puesto uno mismo en las fauces de ese ser rígido y cruel que es el señor de los infiernos.

Mientras cabalgaba, fui quitándome el protector de hierro planchado del brazo izquierdo, debajo del cuál la cota de mallas estaba rota y la camisa de algodón desgarrada. La herida del brazo, cubierta de una sangre muy oscura y de una capa de grasa, parecía estar sanando normalmente. Terminé de descubrir el brazo y vertí un poco de agua para lavarme. El contacto me agradó.

Muchas veces me habían advertido sobre el uso del escudo en el brazo izquierdo, pero yo era un soldado testarudo. La mayoría peleaba por el honor de la ciudad, por amor al rey y a sus dioses. Yo no era natural de la ciudad, no creía que mi dios deseara la guerra y por el rey no sentía ningún aprecio u obligación. Mi linaje no era noble, ni mis apellidos tenían grandes escudos sobre chimeneas encendidas. Mi familia era de pastores y artesanos y todos trabajaron para comer y pagaron tributos hasta morir. Yo me había vuelto escudero y luego soldado de infantería con todos los esfuerzos y humillaciones que acarrea el ser del pueblo, y no peleaba por sueños, ni por ambiciones de poder. Yo peleaba por razones más fuertes. Peleaba por Ana de Bellera.

Le amaba desde los catorce años. Su padre era el maestro artesano del rey y administraba el horno de palacio, único donde los artesanos humildes, como mi padre, podían ir a hornear el barro y la cerámica de las vasijas con las que se ganaban la vida. Una mañana en que me habían encargado levar y traer doscientas escudillas que serían para el ejército regular, la vi visitándolo. Le había llevado unos trozos salados de lechón que la madre le enviaba los fines de semana –entre días el lechón era un lujo incluso para un maestro artesano- y se había retrasado esperándolo porque el maestro dirigía una reprimenda a los aprendices perezosos del taller.

Era bellísima. Su cabello era muy largo y le caía por sobre los hombros derramándose hacia la espalda, como un campo de trigo dorándose al sol. Lo llevaba partido al centro y detenía los mechones traviesos en su lugar con una delicada diadema de plata con un pequeño zafiro en cada borde. Los ojos del color del caramelo tierno y los labios breves y jugosos que revelaban una salud perfecta. Los vestidos blancos de lino, de una limpieza sin mácula, dejaban claro que su posición estaba muy por encima de la mía. Sin embargo, cuando nos cruzamos en la puerta del taller, su mirada fue dulce como el aguamiel y cálida como el mediodía. Fue entonces cuando supe que habría de casarme con esa mujer, aunque no supiera su nombre, ni su edad.

-Es un despropósito- opinó mi padre, revisando una a una las escudillas que había traído de vuelta- Esa niña es la hija del maestro de Bellera. Es de casa noble. Tal vez su padre ya la tenga prometida en matrimonio con un barón, o un conde.

-No me importa- Respondí- Yo seré barón o conde si es necesario.
Padre bajó la escudilla que estaba mirando y me escrutó a fondo sobre los espejuelos.

-Hijo- murmuró con tristeza- Yo no te di un apellido noble, ni un linaje que ayude a tus ambiciones. Nunca podrías ser ninguna de esas cosas.

-Seré algo más, entonces. Seré lo que sea que pueda ser para tener conmigo a la hija del maestro.

Mi padre guardó un largo, muy largo silencio, como si sopesara el peso verdadero de las palabras que debía decir. Soltó un hondo suspiro antes de decidirse.

-Lo único que podrías ser es capitán del ejército. No es un puesto noble, pero es de suficiente importancia como para considerarte digno de desposarla.

-Entonces seré capitán- le dije. Y salí del taller en busca del herrero.

-¡Espera!- gritó mi padre cuando cruzaba la puerta. Giré el rostro para verlo –Se llama Ana- dijo, con una sonrisa triste- Ana de Bellera.