Cuando era apenas un potrillo de tres meses, Mástil llegó a las cuadras del ejército. Era el primogénito de la Algazara, una yegua brava, negra como carbón, que había acompañado al capitán Norzagaray en docenas de batallas. El capitán le decía Mástil porque trotaba siempre muy erguido, con el mismo porte orgulloso que le celebraban a la madre, y porque a cualquier señal de alerta se crispaba y ponía el cuello tan vertical que parecía el poste principal de una nave guerrera.
Yo tenía dieciséis años y era escudero. A un año de haber sido aceptado en la armada, Norzagaray me había tomado en tutela -le había caído simpático por testarudo, decía- y en las tardes tranquilas me enseñaba a blandir la espada y el puñal. La tarde en que regresó de Hornos, con Mástil al lado de la Algazara, me encargó sus cuidados.
Debía bañarlo una vez por semana y darle forraje dos veces al día. Los martes y sábados debía darle avena para mantenerle ligero el estómago y debía tallarle las pezuñas con una piedra hueca, para que se le hicieran rudas y no lo lastimaran los caminos. Cuando cumplió un año lo herraron y marcaron con el escudo de armas de la ciudad. Aquella cicatriz en la grupa derecha lo anunciaría para siempre como un corcel del ejército real y ese hecho simple le dio desde entonces una seriedad adusta que él mismo pareció entender, pues nunca más lo vimos juguetear con la Algazara o alardear su cada vez más impresionante altura a las potrancas jóvenes que los infantes solían montar.
Al año siguiente me ascendieron a la infantería y fui asignado al pelotón del capitán Hierros. Como Norzagaray era generalmente destacado a Hornos o a Betania, cada vez podía verlo menos. El día de mi destacamento, cuando recogía mis arreos, se despidió de mí:
-¿Sabéis algo, Manú? Lo único que me pesa es que ahora que no sois más mi escudero, seguís siendo pesado como un tronco con el puñal. Es terrorífico. Uno diría que sois un chimpancé asustando a sus crías.
Sólo lo vi un par de veces en todo el resto del año, una en la coronación de la Princesa Alina entre los tumultos del desfile y del brazo de una cortesana muy hermosa, a quien supuse su mujer; la otra el día que Don Jaime lo ascendió a General brigadier con mando sobre el regimiento de Torrentera. La Algazara y Mástil, junto a sus dos hermosos perros de guerra se fueron con él. Era muy bello contemplar la estampa: el guerrero maduro, curtido de cicatrices y de la resolana de los años, con las botas en los estribos, la rienda en el puño, la mano en la crin, alejándose hacia un crepúsculo rojo. Los dos caballos, una en la plenitud de su edad, sabia, que no parecía dar nunca un paso de más; el otro joven, impetuoso, altivo, con más músculos que una estatua ecuestre y al lado de ambos, los dos soberbios gran danés, con sus cabezas cuadradas, olisqueando el camino.
Una mañana del siguiente año, pocos días después del equinoccio, el capitán Hierros me notificó que me haría ascender a la caballería. Si las cosas marchaban, uno de los lanceros sería hecho teniente por logros en batalla y el hueco que dejaría estaba reservado para mí.
-Seréis, sin embargo, el más joven de la guardia, Fontemayor, le advierto que su responsabilidad pesará como un saco de piedras.
Por supuesto, sonreí al agradecerle el honor.
-Sí, ya me había dicho Pedro -Hierros era el único que podía decirle Pedro al ahora General Norzagaray- que sois más testarudo que un asno de hostería. Aliste las armas, por la mañana se muda al galerón de la caballería. No se despida de nadie, no quiero envidias en mi cuartel.
Reí sólo de imaginarme despidiéndome de alguno de los soldados que compartían la galera. Con la mitad jamás crucé una palabra y los de la otra mitad me encontraban tan simpático como un puñado de piojos en el pubis.
A la mañana siguiente, cuando salí al aire frío de noviembre, me sorprendió encontrar un par de rostros conocidos. Hierros conversaba animadamente con Norzagaray. Seguro que el general era un hombre graciosísimo, pues Hierros reía con carcajadas estrepitosas, haciendo que la enorme cicatriz que le recorría la mejilla casi por completo pareciera una prolongación de su risa.
-¡Pero mire, General: aquí viene el interfecto!- Frente a mí y en su presencia, Hierros debía llamar a Norzagaray por su rango y no por el nombre de compinche de guerras y parrandas que seguramente había sido.
-General- saludé, poniendo la mano en el corazón, según la costumbre -Capitán. Buen día.
-Buen día, caballero- respondieron al unísono y a mí me pareció extraño ser llamado por vez primera caballero en lugar de soldado. Norzagaray siguió:
-Comentaba con el Capitán Hierros que seréis sin duda un caballero gracioso al enemigo, Fontemayor- Hierros reanudó la carcajada. De cerca era cómico ver cómo se le enrojecía la piel al tratar de no reír estruendosamente.
-¿Su perdón, General?
-Sí, hombre, Manú, ¿Cuándo se ha visto a un caballero corriendo al lado de su caballo? ¿Acaso lo ha visto usted, Capitán?- Hierros ya era todo risas, la piel de sus mejillas y la que circundaba su mentón hacían bultos informes, los ojos parecían salirse de sus órbitas.
Cuando pudo controlarse lo bastante para articular, Hierros aclaró:
-Fontemayor, le hubiese agradecido que ayer, al notificarle que era usted el nuevo caballero del regimiento, me hiciese la aclaración de que no sabe montar.
Ahora fui yo quien se ruborizó.
-Mis disculpas, capitán, no pensé que fuera un inconveniente grave.
-No lo es, desde luego -interrumpió Norzagaray- siempre y cuando corra usted tan rápido como un corcel y salte muy alto.
Los dos hombres se unieron en una larga, larguísima burla hacia mí. El sol ya rayaba pleno sobre las trincheras de entrenamiento y la actividad del cuartel se intensificaba conforme los soldados rasos iniciaban ejercicios, preparaban las bridas, los cocineros hervían aceite en los cazos.
-¿Quiere decir- pregunté tímidamente- Que no seré ascendido?
-Quiero decir- respondió Hierros- Que tiene usted dos semanas para aprender a montar. Si me permiten, General, Caballero, debo asistir al pase de lista de la infantería.
Mientras Hierros se alejaba, Norzagaray empezó a caminar hacia las cuadras. lo seguí.
-Son tiempos duros, Manú.
-¿Lo son, General?
-Ah, muchacho, vosotros no los veis porque tan sólo sois llamados para combatir. Pero la guerra no es un hecho simple, ni algo natural. La guerra es una decisión.
-Le irrita la inactividad, señor.
-Me vuelve loco, joven amigo. Siento cómo mis músculos van perdiendo su fuerza y el Rey me pide que sea un holgazán y me limite a dibujar batallas en mapas de pergamino.
Guardé silencio, esperando sus palabras, pero él también calló. Habíamos llegado a las cuadras.
-En fin, soldado, no quería verlo para hablar de las molestias de la vejez, sino para estrecharle la mano y desearle que tenga un feliz desempeño como caballero. Ahí está el modesto presente que este maestro trae para un buen alumno.
En el gran corral, corriendo sujeto a la rienda del capataz, vislumbré a Mástil. Estaba por cumplir tres años y era más alto y todavía más musculoso que la última vez.
-¿Es otra broma, señor?
-Ninguna broma, Fontemayor, yo ya estoy viejo y este caballo suplica ser montado por alguien joven como él, conocer la sarna de la guerra, sentir el viento en las crines. Lo ha esperado por más de un año.
-Pero General, es un corcel muy valioso.
-Ningún corcel, los corceles son para princesas y damiselas, Mástil es un caballo de guerra como su madre fue una yegua de las mejores. Y como tal ha de vivir. Es una orden directa, caballero.
Me había ofrecido su mano estirada y yo en ningún momento hubiera podido rechazar aquella mano que me había dado tantos bofetones cada vez que soltaba la espada, me hería con el puñal o daba la espalda en combate. La estreché y pude ver que en los ojos de Norzagaray, detrás de una honda calma, había un rastro de orgullo.
Papá
Hace 11 años