Guillermo de Bellera había servido valientemente a Jaime de Aragón cuando la conquista de Valencia y había perdido un ojo luchando en Puig contra los moros. En premio a su vasallaje, don Jaime le había premiado con un baronazgo y un feudo de cuarenta campos de anchura y sesenta de largo al que Guillermo se había retirado con su esposa Inés y sus tres hijos: Pau, Inés y Santiago. Ya siendo hacendados habían traído al mundo a dos más: Ruy y Leonor.
Eso decían los pergaminos de la casa de los libros. Eso había leído casi sin respirar el erudito al que le ofrecí un florín por contarme sobre la herencia noble de los Bellera.
Salí a las callejuelas apelmazadas del reino. La noche anterior había llovido mucho. Había sido noche de lobos y búhos en la campiña. Un destacamento de veinte soldados entre los que me contaba, habíamos atravesado doce leguas diarias de bosque tupido, escamoteando el ataque de las fieras y cazando ballesteros por órdenes del rey.
Desde hacía dos meses no pisaba tierras civilizadas y al final de cada jornada, mientras me lavaba la sangre que los hierros de la armadura me exprimían en la piel, pensaba siempre en la distancia que seguía separándome de Ana.
Pau y Santiago habían perecido en la gran peste del año negro, e Inés había casado a los catorce años con Dominic Pellier, un mercader galés que hacía tratos con Guillermo desde la infancia de Inés. Éste la había dotado con un campo de labranza y cien escudos de oro, pero Dominic prefirió seguir viviendo en su palacete de Gwent. En la vejez de Guillermo, Ruy había asumido las riendas de la hacienda y con el consejo de su padre y su natural habilidad para los negocios, la había mantenido próspera durante tres lustros. Entonces el rey lo llamó a la guerra.
Ruy, que nunca tuvo entrenamiento militar, llevó al rey a veinte esclavos moros bien armados y dotó al ejército con diez buenos caballos. En agradecimiento, Jaime le permitió enfrentar las escaramuzas en la retaguardia, bien pertrechado y usando la ballesta en lugar de la espada. Así peleó en Murcia y en Arán, saliendo bien librado. Al final el rey venció en todas las batallas y le permitió a Ruy retirarse a su hogar y a su familia. Desde ese día se dedicó a ser maestro artesano y tuvo dos hijos: Guillem y Ana de Bellera.
Era toda la información que aportaban los pliegos enrollados con cordeles y sellados con lacre. Era todo lo que decían aquellas letras apretujadas en un lenguaje antiguo que sólo frailes y eruditos eran capaces de leer. Alargué la mano abierta hacia el sabio, con el florín brillando sobre la palma.
Llegué hasta la posta real. Los veinte caballos seguían siendo pertrechados, alimentados y aseados por la servidumbre de los establos. Saludé al moro que cuidaba de ellos y me contestó con una sonrisa de dientes negros.
-¿En cuánto tiempo estarán listos?- pregunté.
-Por lo menos medio día, merced de Dios- respondió el capataz.
Gruñí por lo bajo. Sabía que el capataz creía hacernos un favor retrasando sus rutinas. En realidad a mis compañeros les complacería tener tiempo de reposar las piernas y el espíritu en la taberna, podía suponerlo, pero a mí cada hora que pasaba caminando en la villa era una hora perdida en mi camino hacia la alfombra del rey.
El herrero chasqueó la lengua mientras giraba con lentitud mi espada, contemplando la hoja.
-Manú, con mil cojones, es la quinta vez que traéis la espada roma, ¿pero qué coño es lo que hacéis con ella? ¿Machacar piedras?
-Ve tranquilo, Beristaín, que habláis con un teniente de la guardia.
-Anda a cagar, teniente de la guardia, que no se os olvide quién os enseñó a levantar esta belleza cuando apenas sabíais teneros en pie.
Reí. Beristaín seguía mirando los bordes de la hoja de acero. En algunos puntos aquí y allá se apreciaba a simple vista el daño que había sufrido al golpear yelmos y cotas de malla.
-Puedo repararla- dijo al fin. –Como siempre que hacéis vuestras majaderías.
-Partimos al atardecer- advertí. Beristaín ya giraba la palanqueta con la que daba impulso al esmeril. No supe si escuchó.
Me marché de la herrería de vuelta a la casa de los libros. No sabía por qué razón me daba tranquilidad entrar en aquel vasto salón que olía a cera y a aceite quemándose y debajo a la piel curada que forraba los grandes tomos que estudiaban los frailes y los consejeros del rey.
Al fondo de la estancia volví a ver al sabio. Distinguí su figura triste y escuálida tras los hábitos negros de dos mercaderes que hacían anotaciones en un libro de gobierno. Leía un gran pergamino con los espejuelos montados sobre la huesuda nariz y no levantó la vista hasta que carraspeé la garganta para hacerme notar.
-Ah, teniente. Sois vos. Creí que…
-Sí, creyó bien, me había retirado. Pero no puedo irme de la ciudad todavía. Los siervos del establo siguen poniendo a punto las monturas.
-Entiendo. ¿Hay algo más que le interese saber?
-Me gustaría saber más sobre el linaje del que hablábamos hace un rato.
-¿Tenéis raíces en la antigua Francia, teniente? ¿O tal vez en Cerdeña o Rosellón?
-No. De ningún tipo. Mi linaje es crudo y está en estas tierras desde hace siglos.
-Entonces disculpad, pero no comprendo el interés.
-No se ofenda, maestro, pero entonces no sois tan sabio.
La carcajada del anciano resonó por toda la casa de los libros y una docena de estudiosos volteó a ver con reproche al autor del exabrupto. Pero nadie se atrevió a reprocharle al sabio. Su piel se había enrojecido por el esfuerzo.
-Acompáñeme, por favor- dijo mientras trataba de incorporarse. El esfuerzo era demasiado y tuve qué auxiliarlo. Me desconcertó que su cuerpo pareciera no tener peso.
Se tomó de mi antebrazo y comenzamos a caminar por una larga nave central. Se detuvo algunos pasos después y tomó un gran libro empastado en cuero verde. Lo hojeó sin curiosidad y luego siguió adelante. Varios pasos después volvió a detenerse y tomó uno más, éste empastado en piel de un tono carmesí, bastante más pesado que el primero. Satisfecho, el sabio sonrió. Luego me tiró levemente del brazo para indicarme que volviéramos al mullido sillón donde estudiaba.
-Mirad, joven teniente- dijo el sabio ofreciéndome el primero de los libros –Esta obra prodigiosa se llama La comedia. Su autor, un florentino que la historia recordará por siempre, ya empieza a ser llamado “el poeta supremo”.
-Debe ser una obra maravillosa.
-Lo es. Sin duda. Una obra exhaustiva, de una perfección sin máculas. El trabajo de toda una vida. ¿Sabéis por qué se escribió esta obra?
-Por supuesto no lo sé, no soy un sabio, apenas un guerrero.
-No es complicado, muchacho. Una obra tan monumental, un esfuerzo tan disciplinado, con una constancia tan a prueba de fuego, sólo pudo escribirse por un motivo: Por el amor de una mujer.
Sonreí.
-¿Sonreís, teniente? Claro. Hay cosas para las que no hace falta ser Sabio. Basta con ser viejo.
Papá
Hace 11 años
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