jueves, 19 de marzo de 2009

Parte 2. El sabio.

Guillermo de Bellera había servido valientemente a Jaime de Aragón cuando la conquista de Valencia y había perdido un ojo luchando en Puig contra los moros. En premio a su vasallaje, don Jaime le había premiado con un baronazgo y un feudo de cuarenta campos de anchura y sesenta de largo al que Guillermo se había retirado con su esposa Inés y sus tres hijos: Pau, Inés y Santiago. Ya siendo hacendados habían traído al mundo a dos más: Ruy y Leonor.

Eso decían los pergaminos de la casa de los libros. Eso había leído casi sin respirar el erudito al que le ofrecí un florín por contarme sobre la herencia noble de los Bellera.

Salí a las callejuelas apelmazadas del reino. La noche anterior había llovido mucho. Había sido noche de lobos y búhos en la campiña. Un destacamento de veinte soldados entre los que me contaba, habíamos atravesado doce leguas diarias de bosque tupido, escamoteando el ataque de las fieras y cazando ballesteros por órdenes del rey.

Desde hacía dos meses no pisaba tierras civilizadas y al final de cada jornada, mientras me lavaba la sangre que los hierros de la armadura me exprimían en la piel, pensaba siempre en la distancia que seguía separándome de Ana.

Pau y Santiago habían perecido en la gran peste del año negro, e Inés había casado a los catorce años con Dominic Pellier, un mercader galés que hacía tratos con Guillermo desde la infancia de Inés. Éste la había dotado con un campo de labranza y cien escudos de oro, pero Dominic prefirió seguir viviendo en su palacete de Gwent. En la vejez de Guillermo, Ruy había asumido las riendas de la hacienda y con el consejo de su padre y su natural habilidad para los negocios, la había mantenido próspera durante tres lustros. Entonces el rey lo llamó a la guerra.

Ruy, que nunca tuvo entrenamiento militar, llevó al rey a veinte esclavos moros bien armados y dotó al ejército con diez buenos caballos. En agradecimiento, Jaime le permitió enfrentar las escaramuzas en la retaguardia, bien pertrechado y usando la ballesta en lugar de la espada. Así peleó en Murcia y en Arán, saliendo bien librado. Al final el rey venció en todas las batallas y le permitió a Ruy retirarse a su hogar y a su familia. Desde ese día se dedicó a ser maestro artesano y tuvo dos hijos: Guillem y Ana de Bellera.

Era toda la información que aportaban los pliegos enrollados con cordeles y sellados con lacre. Era todo lo que decían aquellas letras apretujadas en un lenguaje antiguo que sólo frailes y eruditos eran capaces de leer. Alargué la mano abierta hacia el sabio, con el florín brillando sobre la palma.

Llegué hasta la posta real. Los veinte caballos seguían siendo pertrechados, alimentados y aseados por la servidumbre de los establos. Saludé al moro que cuidaba de ellos y me contestó con una sonrisa de dientes negros.

-¿En cuánto tiempo estarán listos?- pregunté.

-Por lo menos medio día, merced de Dios- respondió el capataz.

Gruñí por lo bajo. Sabía que el capataz creía hacernos un favor retrasando sus rutinas. En realidad a mis compañeros les complacería tener tiempo de reposar las piernas y el espíritu en la taberna, podía suponerlo, pero a mí cada hora que pasaba caminando en la villa era una hora perdida en mi camino hacia la alfombra del rey.

El herrero chasqueó la lengua mientras giraba con lentitud mi espada, contemplando la hoja.

-Manú, con mil cojones, es la quinta vez que traéis la espada roma, ¿pero qué coño es lo que hacéis con ella? ¿Machacar piedras?

-Ve tranquilo, Beristaín, que habláis con un teniente de la guardia.

-Anda a cagar, teniente de la guardia, que no se os olvide quién os enseñó a levantar esta belleza cuando apenas sabíais teneros en pie.

Reí. Beristaín seguía mirando los bordes de la hoja de acero. En algunos puntos aquí y allá se apreciaba a simple vista el daño que había sufrido al golpear yelmos y cotas de malla.

-Puedo repararla- dijo al fin. –Como siempre que hacéis vuestras majaderías.

-Partimos al atardecer- advertí. Beristaín ya giraba la palanqueta con la que daba impulso al esmeril. No supe si escuchó.

Me marché de la herrería de vuelta a la casa de los libros. No sabía por qué razón me daba tranquilidad entrar en aquel vasto salón que olía a cera y a aceite quemándose y debajo a la piel curada que forraba los grandes tomos que estudiaban los frailes y los consejeros del rey.

Al fondo de la estancia volví a ver al sabio. Distinguí su figura triste y escuálida tras los hábitos negros de dos mercaderes que hacían anotaciones en un libro de gobierno. Leía un gran pergamino con los espejuelos montados sobre la huesuda nariz y no levantó la vista hasta que carraspeé la garganta para hacerme notar.

-Ah, teniente. Sois vos. Creí que…

-Sí, creyó bien, me había retirado. Pero no puedo irme de la ciudad todavía. Los siervos del establo siguen poniendo a punto las monturas.

-Entiendo. ¿Hay algo más que le interese saber?

-Me gustaría saber más sobre el linaje del que hablábamos hace un rato.

-¿Tenéis raíces en la antigua Francia, teniente? ¿O tal vez en Cerdeña o Rosellón?

-No. De ningún tipo. Mi linaje es crudo y está en estas tierras desde hace siglos.

-Entonces disculpad, pero no comprendo el interés.

-No se ofenda, maestro, pero entonces no sois tan sabio.

La carcajada del anciano resonó por toda la casa de los libros y una docena de estudiosos volteó a ver con reproche al autor del exabrupto. Pero nadie se atrevió a reprocharle al sabio. Su piel se había enrojecido por el esfuerzo.

-Acompáñeme, por favor- dijo mientras trataba de incorporarse. El esfuerzo era demasiado y tuve qué auxiliarlo. Me desconcertó que su cuerpo pareciera no tener peso.

Se tomó de mi antebrazo y comenzamos a caminar por una larga nave central. Se detuvo algunos pasos después y tomó un gran libro empastado en cuero verde. Lo hojeó sin curiosidad y luego siguió adelante. Varios pasos después volvió a detenerse y tomó uno más, éste empastado en piel de un tono carmesí, bastante más pesado que el primero. Satisfecho, el sabio sonrió. Luego me tiró levemente del brazo para indicarme que volviéramos al mullido sillón donde estudiaba.

-Mirad, joven teniente- dijo el sabio ofreciéndome el primero de los libros –Esta obra prodigiosa se llama La comedia. Su autor, un florentino que la historia recordará por siempre, ya empieza a ser llamado “el poeta supremo”.

-Debe ser una obra maravillosa.

-Lo es. Sin duda. Una obra exhaustiva, de una perfección sin máculas. El trabajo de toda una vida. ¿Sabéis por qué se escribió esta obra?

-Por supuesto no lo sé, no soy un sabio, apenas un guerrero.

-No es complicado, muchacho. Una obra tan monumental, un esfuerzo tan disciplinado, con una constancia tan a prueba de fuego, sólo pudo escribirse por un motivo: Por el amor de una mujer.

Sonreí.

-¿Sonreís, teniente? Claro. Hay cosas para las que no hace falta ser Sabio. Basta con ser viejo.

jueves, 5 de marzo de 2009

Parte 1. El guerrero.

Al sujetar la argolla de hierro del guante al gancho que colgaba de la crin del caballo, empezaba a amanecer. Fui consciente de que estaba a punto de caer dormido y fue por eso que decidí mejor atarme al lomo del caballo, que al igual que yo, caminaba extenuado, todavía aturdido por el olor de sangre seca y de aceite quemándose y por los gritos y aullidos de la batalla. Según mis cuentas había herido de muerte al menos a doce moros y había dado el último golpe a media docena más. No eran números despreciables para un espadachín de la segunda guardia como yo.

Desperté tal vez dos horas más tarde, todavía mecido por el suave bamboleo de las ancas del corcel, que se había separado un poco del resto –era un caballo muy fuerte, de los mejores de la armada- y se acercaba a la orilla de un pequeño estanco a beber. Debían de rondar las siete de la mañana, porque aunque el día era de una claridad radiante, el sol aún no quemaba, y el agua con la que mojé mi rostro estaba fría y era como mil caricias que se llevaban al partir el sudor y la sangre y la grasa de caídos y victoriosos. Llené el odre de agua fresca y dejé que mi montura bebiera a su gusto. A poca distancia de la cuenca había un pastizal donde fue a pacer luego de haber saciado la sed. Un rato después seguimos la cabalgata hacia el reino.

Era el tercer día de viaje a través de un terreno hostil y desértico, cuyos monótonos paisajes consistían en nada más que dunas de arena áspera y matojos secos esparcidos aquí y allá. Fuera de un pequeño rebaño de cabras que habíamos encontrado el primer día y del cuál habíamos sacrificado una ya vieja para comer en la travesía, ninguna señal de vida se nos había atravesado. Yo agradecía el silencio sólo roto por los golpes de los cascos y las herraduras de los caballos y por algún quejido ocasional de los que marchábamos heridos. La mayoría de los hombres no hablaba. No es fácil hacer un tema de conversación después de presenciar tanta muerte y de haberse puesto uno mismo en las fauces de ese ser rígido y cruel que es el señor de los infiernos.

Mientras cabalgaba, fui quitándome el protector de hierro planchado del brazo izquierdo, debajo del cuál la cota de mallas estaba rota y la camisa de algodón desgarrada. La herida del brazo, cubierta de una sangre muy oscura y de una capa de grasa, parecía estar sanando normalmente. Terminé de descubrir el brazo y vertí un poco de agua para lavarme. El contacto me agradó.

Muchas veces me habían advertido sobre el uso del escudo en el brazo izquierdo, pero yo era un soldado testarudo. La mayoría peleaba por el honor de la ciudad, por amor al rey y a sus dioses. Yo no era natural de la ciudad, no creía que mi dios deseara la guerra y por el rey no sentía ningún aprecio u obligación. Mi linaje no era noble, ni mis apellidos tenían grandes escudos sobre chimeneas encendidas. Mi familia era de pastores y artesanos y todos trabajaron para comer y pagaron tributos hasta morir. Yo me había vuelto escudero y luego soldado de infantería con todos los esfuerzos y humillaciones que acarrea el ser del pueblo, y no peleaba por sueños, ni por ambiciones de poder. Yo peleaba por razones más fuertes. Peleaba por Ana de Bellera.

Le amaba desde los catorce años. Su padre era el maestro artesano del rey y administraba el horno de palacio, único donde los artesanos humildes, como mi padre, podían ir a hornear el barro y la cerámica de las vasijas con las que se ganaban la vida. Una mañana en que me habían encargado levar y traer doscientas escudillas que serían para el ejército regular, la vi visitándolo. Le había llevado unos trozos salados de lechón que la madre le enviaba los fines de semana –entre días el lechón era un lujo incluso para un maestro artesano- y se había retrasado esperándolo porque el maestro dirigía una reprimenda a los aprendices perezosos del taller.

Era bellísima. Su cabello era muy largo y le caía por sobre los hombros derramándose hacia la espalda, como un campo de trigo dorándose al sol. Lo llevaba partido al centro y detenía los mechones traviesos en su lugar con una delicada diadema de plata con un pequeño zafiro en cada borde. Los ojos del color del caramelo tierno y los labios breves y jugosos que revelaban una salud perfecta. Los vestidos blancos de lino, de una limpieza sin mácula, dejaban claro que su posición estaba muy por encima de la mía. Sin embargo, cuando nos cruzamos en la puerta del taller, su mirada fue dulce como el aguamiel y cálida como el mediodía. Fue entonces cuando supe que habría de casarme con esa mujer, aunque no supiera su nombre, ni su edad.

-Es un despropósito- opinó mi padre, revisando una a una las escudillas que había traído de vuelta- Esa niña es la hija del maestro de Bellera. Es de casa noble. Tal vez su padre ya la tenga prometida en matrimonio con un barón, o un conde.

-No me importa- Respondí- Yo seré barón o conde si es necesario.
Padre bajó la escudilla que estaba mirando y me escrutó a fondo sobre los espejuelos.

-Hijo- murmuró con tristeza- Yo no te di un apellido noble, ni un linaje que ayude a tus ambiciones. Nunca podrías ser ninguna de esas cosas.

-Seré algo más, entonces. Seré lo que sea que pueda ser para tener conmigo a la hija del maestro.

Mi padre guardó un largo, muy largo silencio, como si sopesara el peso verdadero de las palabras que debía decir. Soltó un hondo suspiro antes de decidirse.

-Lo único que podrías ser es capitán del ejército. No es un puesto noble, pero es de suficiente importancia como para considerarte digno de desposarla.

-Entonces seré capitán- le dije. Y salí del taller en busca del herrero.

-¡Espera!- gritó mi padre cuando cruzaba la puerta. Giré el rostro para verlo –Se llama Ana- dijo, con una sonrisa triste- Ana de Bellera.